Arturo fumaba un cigarro en el segundo piso de una casa donde llevaba oculto varios meses. Hipnótico, miraba el techo y meditaba su situación. ¿Había hecho bien en recibir a esos niños?
Estaba convencido que la soledad era la única forma de sobrevivir. Cualquier otro, una mujer, niños, quien fuera podía, eventualmente, resultar un estorbo. También sabía, muy en el fondo, que había tenido suerte de no necesitar ayuda. Pero estos pequeños…
- Necesitamos provisiones –dijo sin mirarlos. Siempre evitaba mirar a la gente al hablar y eso era cuando hablaba.
Descendieron por la pared norte de su casa que era el único acceso al segundo piso, había eliminado la escalera y cualquier punto de apoyo visible. De esa forma evitaba a los fiambres. Varios humanos habían intentado entrar y fueron devorados en el intento. Arturo sólo se tapaba los oídos.
Aquel día no había zombis en las calles y por primera vez en mucho tiempo pudieron caminar por el medio del asfalto. Los pequeños eran en realidad una muchacha y un hombrecito. Ella era la mayor. Cargaban mochilas con bombas molotov y Arturo una escopeta. Caminaron varios minutos hasta que llegaron a un barrio de casas grandes y amplios jardines. Nunca había podido llegar tan lejos.
- ¿Les gusta esta casa? –dijo Arturo y los niños asintieron. A pesar de verse magnifica por fuera, por dentro estaba totalmente destruida. También habían eliminado los accesos al piso superior, como decían los volantes que cayeron del cielo.
- Esperen acá –les dijo y los niños obedecieron.
Arturo recorrió la casa por fuera y en pocos minutos ya se encontraba en el segundo piso “Estoy arriba” –gritó. Los niños, abajo, estaba ansiosos de lo que podían encontrar. Como abrir regalos en navidad. La costumbre hacía que midiera cada paso y a pesar de encontrarse todo en silencio no bajaba la guardia. Empezó a revisar los cuartos hasta que encontró el tesoro. Una habitación con provisiones para meses.
El menor sintió un ruido subterráneo y pegó su oreja al suelo y justo cuando se daba cuenta que el horror esperaba abajo Arturo entraba en la habitación del premio y el suelo cedió. En el primer piso, a la misma altura, habían hecho un hoyo de manera que el incauto llegara hasta el sótano. Los niños escucharon el estruendo y llegaron a un salón que había sido una biblioteca, se asomaron al hoyo en el suelo y vieron a Arturo intentando levantarse. Estaba lleno de zombis. Arturo resistió unos pocos segundos. Miraron la escena con espanto. El pequeño lloraba desconsolado, pero ella se contuvo.
“¿Porqué siento pena por el sí apenas lo conocía? Quizás esté en un lugar mejor ahora, cualquier lugar es mejor que este y deberíamos estar felices, pero este maldito nudo en la garganta no se va. Quizás siento pena por mí misma, por mi hermano, por quedar solos. Que egoísta somos al llorar cuando alguien se va” –pensó mientras se alejaban del lugar. Juró nunca más llorar por la muerte de alguien.

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